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¿Por qué es útil la inteligencia emocional en Derecho?

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Como profesional del Derecho, estamos acostumbrados a usar latinismos que forman parte de nuestra cotidianeidad y que son expresiones que no siempre entienden nuestros clientes.

Este uso frecuente del vocabulario técnico jurídico, algo más que normal en nuestro campo, exige unos niveles muy altos de conocimientos de la ciencia jurídica. Igualmente, como juristas se nos demanda una alta capacidad de estudio y un análisis exhaustivo de nuestra carrera profesional.

Sin embargo, algo a lo que no siempre le prestamos valor es a la gestión de nuestras emociones. Desde siempre ha sido un área bastante ignorada en los principales despachos de abogados que se han centrado en conseguir conocimientos más “técnicos” alejados de las “soft skills”.

Afortunadamente esto está comenzando a cambiar pues cada vez son más los letrados que realizan sesiones de entrenamiento en estas competencias a nivel individual. En ella no solo canalizan las emociones negativas que han acumulado durante la semana sino que aprenden a desarrollar habilidades de inteligencia emocional como asertividad, empatía, habilidades directivas entre otras.

A nivel despacho, los bufetes grandes y pequeños están apostando por con la incorporación de programas de team buildingbienestar y productividad, no solo para atraer al talento millennial sino para garantizar un mayor desempeño de los socios y asociados.

En este sentido, el Consejo de la Abogacía lleva ya un tiempo largo recordando la importancia de “legalizar” las emociones. Además de estas competencias profesionales técnicas que venimos hablando desde el principio del artículo, debemos reforzar nuestro curriculum vitae con habilidades emocionales. Hoy día, un buen despacho de abogados lo es más por sus competencias emocionales que técnicas. Así lo corrobora Daniel Goleman en su obra “La Inteligencia emocional. Por qué es más importante que el coeficiente intelectual”. Y, es que, los mejores abogados no son precisamente los más técnicos e inteligentes sino los denominados “emocionalmente inteligentes”.

Pero, ¿Qué es la inteligencia emocional? Tomando como referencia a Peter Salovey y John Mayer, la inteligencia emocional es la capacidad de procesar la información sobre las emociones de uno mismo y la de los demás con la finalidad de discriminar y seleccionar esa información y usarla en beneficio de nuestro pensamiento, acción y comportamiento.

Y, ¿Cómo sabemos que un abogado es altamente inteligente emocionalmente hablando? No es fácil detectarlo, (aunque nuestros clientes los detectan rápidamente) pero vamos a tratar de identificarlo a través de estos dos autores mencionados antes y mediante las siguientes capacidades:

  1. Capacidad para captar y verbalizar las emociones de uno mismo y de nuestros clientes de manera correcta
  2. Capacidad para usar las emociones como catalizadoras del pensamiento
  3. Capacidad para interpretar las emociones, lenguaje de las emociones y signos
  4. Capacidad para gestionar las emociones

No pensemos solo que inteligencia es hablar de intelecto porque estaríamos muy errados. Ésta es la herramienta perfecta para mejorar la productividad laboral en los despachos, alcanzar el liderazgo y ser más felices con nosotros y con los clientes a los que acompañamos a diario en diferentes procesos judiciales.

Las soft-skills o cómo humanizar el sector legal

Las soft-skills o habilidades blandas son imprescindibles para alcanzar el éxito humano y profesional en los despachos.  Para poder entenderlas mejor, podemos hablar de habilidades intrapersonales y habilidades interpersonales.

El hecho de que un cliente se decante por un abogado o por otro reside en sus habilidades blandas, son las que generan confianza, crean vínculos y facilitan la comunicación.

Los mejores abogados no son precisamente los más técnicos e inteligentes sino los denominados “emocionalmente inteligentes”

Habilidades intrapersonales: inteligencia que supone la capacidad de identificar, entender, comprender y procesar nuestras emociones. Podemos hablar de autoestima, voluntad, autocontrol y regulación de las emociones, autocomprensión o estabilidad emocional. Una vez que reconocemos nuestras emociones hay que saber gestionarlas y no dejarnos llevar por ellas.

Debido a la delicada naturaleza de los asuntos tratados en nuestro sector, los profesionales de la abogacía estamos sumergidos en una ola importante de emociones a nivel de responsabilidad relacionadas con las consecuencias que puede tener en la vida ciertos temas en nuestros clientes.

Determinados aspectos son especialmente sensibles y delicados y esto lleva a emociones como el estrés e incluso una excesiva preocupación sobre las consecuencias que pueda tener una línea de defensa u otra relacionada con la gestión emocional. Más aún, se pueden padecer trastornos del sueño o ansiedad e irritabilidad por los plazos procesales, a veces eternos en el tiempo por la dificultad del asunto o las trabas burocráticas ajenas a nosotros. Todos estos problemas hacen que los letrados tengamos a menudo altos niveles de estrés sumados a los horarios “sin horarios” de oficina que hacen difícil cerrar tiempos y diferenciar cuándo termina el trabajo y cuándo empieza la vida familiar.

Habilidades interpersonales. En este tipo de habilidades encontramos la comunicación, ya sea verbal o no verbal. Como profesionales del Derecho nuestro deber, la mayoría de las veces, es resolver conflictos. Para ello, debemos escuchar de manera asertiva y activa a nuestro cliente y poder llegar a una resolución creativa de problemas.

Es fundamental manejar una correcta comunicación con otros operadores jurídicos, como los funcionarios del juzgado, pues no siempre todos tenemos un buen día y a veces caemos en la desidia. Esto mismo sucede cuando hablamos a diario con nuestros compañeros de despacho o cuando tenemos diferencias de enfoque con nuestros socios.

¿Nos ponemos en el lugar de nuestro cliente? Pero, ¿quién se pone en el nuestro? No siempre es fácil, lo reconozco. La empatía es una habilidad blanda que hay que trabajar a diario, no se olvida cuando terminamos nuestro horario de trabajo. También hay que ejercerla fuera del despacho. De nuevo, escuchar atentamente las necesidades e inquietudes de nuestro cliente hará que nos acerquemos más a él.

Por supuesto el liderazgo también forma parte de las habilidades blandas interpersonales. No debemos confundirlo con la autoridad, sino más bien con alguien que transmite confianza, instruye y ejerce una mentoría con nuestro cliente. El liderazgo va acompañado de motivación y un refuerzo positivo constante.

Para cerrar acuerdos o contratos es preciso saber negociar y esto pasa por la persuasión y la investigación. Las normas son esenciales para que se pueda desarrollar la comunicación entre letrado y cliente, de lo contrario podemos sentirnos abrumados y esto hace, al mismo tiempo, que nuestro cliente no distinga nuestros horarios profesionales de los familiares. De nuevo, se dispara el indicador del estrés.

Conocemos las habilidades, las identificamos y, ¿ahora qué? Hay que gestionarlas. Más con palabras que con acciones, reforzando aquellas que ya tenemos e identificando nuevas para trabajarlas. No es tarea sencilla pero sí posible con el trabajo diario en sesiones individuales de la ayuda de un profesional.

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